Maldita tos
El encuentro con uno de sus más grandes enemigos patológicos.
Postrado en su cama reflexiona ya que no puede hacer otra cosa. La tos
redentora de un pensamiento.
La
primera gripe del año, la de junio, estuvo bien. Apenas tuvo calentura, el
cuerpo algo adolorido, los estornudos clásicos pero repetitivos. Todo manejable
y en control, diría que no es tan fuerte como la última gripe. A Gilbert le
recetaron reposar en cama por un día; un día que, conectado al fin de semana, le
vino de maravilla como le cae un feriado a los universitarios de la San Agustín
y a escolares de los colegios público.
Gilbert
se dio tiempo para leer unas historietas, ver películas de superhéroes,
actualizar este el Facebook y aplicaciones en su celular, relajarse y olvidar el
mundo de informes, trabajos, impresiones, amanecidas, ayunos, ruido y bullicio
en que normalmente se desenvuelve como universitario. Hasta desea por dentro
enfermarse otra vez para poder entregarse a esos placeres solitarios tan
gratificantes, que son la razón de que viva así: sin compañía, acostumbrado a
ser el dictador maniático que gobierna su tiempo, sus apetitos, sus antojos,
sin molestar a nadie, sin que nadie le moleste.
Esta vez
ha sido muy distinto. Los dioses de la fiebre hicieron eco de sus absurdas
plegarias y quizá para burlarse de él, como diciendo ah tu eres el pequeño
mortal que pide enfermarse allá abajo, me mandaron una plaga que me ha tenido por
más de seis días atado a la cama: una gripe atroz que le obligó a ir a
Emergencias porque una noche que dejo de
tomar el mate que su madre le preparaba se le cerro la garganta, sintió como si
alguien con una gran mano le estrujaba la garganta cuando quería inhalar aire.
Van siete
días de postración. Siete días de transpiración continua, estornudos
aparatosos, toses que importunaban el desayuno, almuerzo y comida, catarro
vespertinos. Siete días sintiendo la cabeza a más de 30 grados, y sintiendo los
escalofríos más espantosos que su cuerpo recuerde. Siete días tomando solo
líquidos calientes e ingiriendo un menú digno de cuidados intensivos. Siete
días rodeado de medicinas: Claritromicina de 500, Prednisona de 50, Paracetamol
de 100, Alercet de 100 y un jarabe naranja, Respibron, que es como Fanta
caliente, que al final no me hacen ningún efecto.
Esta vez
no ha podido leer mucho sus historietas y, como las luces le marean, la
televisión no ha sido la compañera que es cuando se siente aburrido, ahora le
hace sentir más pesada su cabeza. Su único pasatiempo ha sido pensar. Pensar,
por ejemplo, en las personas que han estado pendientes de él, que le han
brindado atención, engreimiento y calma. Las que más le han mensajeado en esos
días.
Preocupación
Su madre,
su hermana y su mascota eran quienes se preocupaban más, de hecho más de lo
debido, veían a Gilbert decaído y sin ánimos de hacer algo, todo el día postrado
en la cama. Su madre le consentía más que en ocasiones anteriores, le llevaba
refresco, algunas hamburguesas al medio día y unas frutas luego del almuerzo. Por
otro lado su mascota, Puca un cruce de algún perrito de pequeña estatura con
otra perrita de mediano porte, lo miraba como pidiéndole que la visite al techo
para poder reposar en sus piernas un rato siquiera.
Cuando
alguien te brinda esas lecciones de generosidad y entrega, dándote más de lo
que tú darías estando en su lugar, te invade una mezcla de admiración y
vergüenza. En este caso, Gilbert admiraba a su familia, vergüenza por el que no
hizo lo mismo cuando alguien enfermaba. Ojalá tuviera un quinto de toda esa
paciencia, de todo ese cariño, ese apego, esa voluntad, ese amor desinteresado.
Pero no
lo tiene. Es solamente un ser egoísta que se jacta de su independencia, de su
soberanía, de vivir solo en el cuarto que sus padres le confirieron, pero que
en el fondo necesita afecto, y que teme que ese afecto sea una atadura para luego
tener que devolver favores, aunque sabe que lo haría desinteresadamente, una
limitación para viajar por que extrañaría demasiado el afecto que recibe en
casa, conocer mundos, y tener experiencias vitales que sean material para sus
escritos que hace de vez en cuando en un cuaderno que encuentre pero que guarda
celosamente.
Será acaso esa su más grande enfermedad de
pretender que su familia sabe que él los quiere con todo su ser. Pero que no
sabe cómo demostrarles su afecto, porque piensa que no es tan cursi como para
ir y abrazarlo como si fuese el primer abrazo entre un padre y su hijo o cuando
la madre ve por primera vez a su primogénito y lo estruja con cariño.
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