jueves, 18 de junio de 2015

cronica: Maldita tos

Maldita tos
El encuentro con uno de sus más grandes enemigos patológicos. Postrado en su cama reflexiona ya que no puede hacer otra cosa. La tos redentora de un pensamiento.
La primera gripe del año, la de junio, estuvo bien. Apenas tuvo calentura, el cuerpo algo adolorido, los estornudos clásicos pero repetitivos. Todo manejable y en control, diría que no es tan fuerte como la última gripe. A Gilbert le recetaron reposar en cama por un día; un día que, conectado al fin de semana, le vino de maravilla como le cae un feriado a los universitarios de la San Agustín y a escolares de los colegios público.
Gilbert se dio tiempo para leer unas historietas, ver películas de superhéroes, actualizar este el Facebook y aplicaciones en su celular, relajarse y olvidar el mundo de informes, trabajos, impresiones, amanecidas, ayunos, ruido y bullicio en que normalmente se desenvuelve como universitario. Hasta desea por dentro enfermarse otra vez para poder entregarse a esos placeres solitarios tan gratificantes, que son la razón de que viva así: sin compañía, acostumbrado a ser el dictador maniático que gobierna su tiempo, sus apetitos, sus antojos, sin molestar a nadie, sin que nadie le moleste.  
Esta vez ha sido muy distinto. Los dioses de la fiebre hicieron eco de sus absurdas plegarias y quizá para burlarse de él, como diciendo ah tu eres el pequeño mortal que pide enfermarse allá abajo, me mandaron una plaga que me ha tenido por más de seis días atado a la cama: una gripe atroz que le obligó a ir a Emergencias  porque una noche que dejo de tomar el mate que su madre le preparaba se le cerro la garganta, sintió como si alguien con una gran mano le estrujaba la garganta cuando quería inhalar aire.
Van siete días de postración. Siete días de transpiración continua, estornudos aparatosos, toses que importunaban el desayuno, almuerzo y comida, catarro vespertinos. Siete días sintiendo la cabeza a más de 30 grados, y sintiendo los escalofríos más espantosos que su cuerpo recuerde. Siete días tomando solo líquidos calientes e ingiriendo un menú digno de cuidados intensivos. Siete días rodeado de medicinas: Claritromicina de 500, Prednisona de 50, Paracetamol de 100, Alercet de 100 y un jarabe naranja, Respibron, que es como Fanta caliente, que al final no me hacen ningún efecto.
Esta vez no ha podido leer mucho sus historietas y, como las luces le marean, la televisión no ha sido la compañera que es cuando se siente aburrido, ahora le hace sentir más pesada su cabeza. Su único pasatiempo ha sido pensar. Pensar, por ejemplo, en las personas que han estado pendientes de él, que le han brindado atención, engreimiento y calma. Las que más le han mensajeado en esos días.

 
Preocupación
Su madre, su hermana y su mascota eran quienes se preocupaban más, de hecho más de lo debido, veían a Gilbert decaído y sin ánimos de hacer algo, todo el día postrado en la cama. Su madre le consentía más que en ocasiones anteriores, le llevaba refresco, algunas hamburguesas al medio día y unas frutas luego del almuerzo. Por otro lado su mascota, Puca un cruce de algún perrito de pequeña estatura con otra perrita de mediano porte, lo miraba como pidiéndole que la visite al techo para poder reposar en sus piernas un rato siquiera.
Cuando alguien te brinda esas lecciones de generosidad y entrega, dándote más de lo que tú darías estando en su lugar, te invade una mezcla de admiración y vergüenza. En este caso, Gilbert admiraba a su familia, vergüenza por el que no hizo lo mismo cuando alguien enfermaba. Ojalá tuviera un quinto de toda esa paciencia, de todo ese cariño, ese apego, esa voluntad, ese amor desinteresado.  
Pero no lo tiene. Es solamente un ser egoísta que se jacta de su independencia, de su soberanía, de vivir solo en el cuarto que sus padres le confirieron, pero que en el fondo necesita afecto, y que teme que ese afecto sea una atadura para luego tener que devolver favores, aunque sabe que lo haría desinteresadamente, una limitación para viajar por que extrañaría demasiado el afecto que recibe en casa, conocer mundos, y tener experiencias vitales que sean material para sus escritos que hace de vez en cuando en un cuaderno que encuentre pero que guarda celosamente.
 Será acaso esa su más grande enfermedad de pretender que su familia sabe que él los quiere con todo su ser. Pero que no sabe cómo demostrarles su afecto, porque piensa que no es tan cursi como para ir y abrazarlo como si fuese el primer abrazo entre un padre y su hijo o cuando la madre ve por primera vez a su primogénito y lo estruja con cariño.

 

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