jueves, 18 de junio de 2015

crónica: dueños de la Barraca

Dueños de la Barraca
Sin miedo a la obscuridad recorren todos los pasadizos. Limpian de pies a cabeza el centro comercial. La Barraca es el centro de atención por las noches.

En las cercanías del centro comercial la Barraca son las 04:00 y el movimiento de la ciudad reaparece.  Las fundas plásticas y pequeños papeles se alzan y vuelan en un pequeño torbellino con el viento frío de la madrugada.  Los trabajadores de barrido  del centro comercial, se apresuran a su “zona”, treinta y ocho filas, que serán limpiadas en menos de dos horas.

Renato Chipa, de 30 años, con una bufanda de color verde, una capucha roja, gorro, y  overol azul, comienza su jornada en los pasadizos ahora desolados.  Sus 4 compañeros, todos varones, se han separado. Es Domingo.

Desde hace cuatro años trabaja para la Barraca. Es sacrificado, pero está acostumbrado a madrugar y laborar todos los días de la semana. “Es un trabajo digno y profesional”, reconoce. 

Lleva consigo una escoba y un gran recogedor hecho por él mismo de un palo y la base de un tacho de gasolina. “Para recoger la basura  botada por la gente, los sábados en la noche, se requiere de un recogedor con boca grande”, dice el joven con una familia de tres que tiene que alimentar. También lleva tres fundas negras adicionales que servirán para completar su labor.

Con unos guantes verdes de caucho, Renato escudriña parsimoniosamente los canales de agua del patio de comidas. Allí  encuentra de todo, desde tusas de choclos asados, papeles y fundas, hasta vidrios. El cuidado es extremo para no cortarse.

 Las lámparas del alumbrado público se apagan, ya son las 06:00, dice el superior del grupo, quien se apresura, tiene una hora para completar su primera de cuatro jornadas del día y aún le falta 10 pasadizos. Los vehículos comienzan a circular por San Juan de Dios y la gente empieza a abrir sus negocios.

Alrededor de las bancas del patio de bicicletas, los desperdicios se amontonan y hace falta una de sus fundas negras para depositarlas. Al frente, en cambio, el problema se centra en los macetones, que no tienen flores. El cree que las colillas de cigarrillos dispersas y que suman unas 200, las han quemado.

Los trabajadores de recolección, del centro comercial, llegan al pasadizo de sale a San Juan de Dios y descargan los desperdicios de los basureros y los llevan fuera para que el camión recolector se lo lleve. Renato ayuda a la tarea y da la bienvenida a Lorenzo Sánchez, su compañero de labores. Él se ocupa de los pasadizos de golosinas y barre alrededor de una del poste donde quedo un poco de los desperdicios, sin alzar su cabeza.    
El carro recolector siempre está unos metros antes de la esquina con 28 de julio. Esta es una de sus múltiples técnicas de compactación. Renato también aprisiona una botella con una mano. La otra, ya está ocupada con el recogedor. Para aprovechar el tiempo, apilona la basura al borde de la vereda, junto a la pista. Luego la recoge.

En épocas de navidad, fin de año y fiestas de Cuenca, el joven se levanta más temprano, a las 03:00 o 4:00,  porque los clientes consumen y ensucian más. También se duerme más tarde a las 02:00, hay que esperar que las actividades nocturnas concluyan para barrer y evitar que la Barraca esté sucia.

El frio cede y el sol de las 6:30 calienta la vereda izquierda de la esquina de calle San Juan de Dios.  El hermano de Renato, Julio Chipa, también trabajador de barrido, conversa segundos con él y le pide apresurarse. Su hijo Josue, de 10 meses, la espera para que lo lleve al colegio.  
 
Descanso

En cada pasadizo, Renato se demora cerca de 10 minutos. Los pasadizos más difíciles están entre la zona de bicicletas y comida. Su recolector resulta pequeño ante la cantidad de basura que tiene que recoger.
Ahora debe lidiar con las cajas que sacan los dueños de los puestos, el incremento visible de gente que camina. El polvo, que ella misma propicia cuando pasa la escoba por el filo de las gradas, le obliga a sacar su pañuelo y cubrir su rostro.        
 Renato termina a las 07:00, en el pasadizo azul. Empuja su carro donde cuelgan, además, tres fundas de basura llenas, y vuelve a su casa para desayunar junto a sus hijos y parcialmente ocuparse de los quehaceres de su hogar.   
  
A las 09:00, en fila los carros recolectores, ya descargados, están estacionados en el depósito de limpieza del centro comercial en el sótano. El personal llega de a poco a la segunda jornada.   


La todos ellos son varones. Renato luego de haber llevado a su hijo a estudiar llega con su desayuno que luego de terminarlo descansara hasta la 18:00 horas que termina la última jornada.

 Jhon, de 26 años, en cambio, acompañará a su supervisor a su recorrido de rutina por unos minutos y volverá a descansar hasta el medio día que acaba su turno.

En la segunda jornada, Renato encarga de toda los pasadizos de peluches. Pero antes, se detiene en los contenedores del patio para descargar su carro.

 Le espera un largo trabajo, que termina en la tarde, en ese mismo centro comercial luego que todos los compradores y vendedores se hayan ido.  El lunes la rutina de las 05:00 inicia nuevamente, esta vez con más basura por barrer.

 

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