Dueños de la Barraca
Sin miedo a la
obscuridad recorren todos los pasadizos. Limpian de pies a cabeza el centro
comercial. La Barraca es el centro de atención por las noches.
En las cercanías del centro
comercial la Barraca son las 04:00 y el movimiento de la ciudad reaparece. Las
fundas plásticas y pequeños papeles se alzan y vuelan en un pequeño torbellino
con el viento frío de la madrugada. Los trabajadores de barrido del
centro comercial, se apresuran a su “zona”, treinta y ocho filas, que serán
limpiadas en menos de dos horas.
Renato Chipa, de 30 años, con
una bufanda de color verde, una capucha roja, gorro, y overol azul, comienza
su jornada en los pasadizos ahora desolados. Sus 4 compañeros, todos
varones, se han separado. Es Domingo.
Desde hace cuatro años trabaja
para la Barraca. Es sacrificado, pero está acostumbrado a madrugar y laborar
todos los días de la semana. “Es un trabajo digno y profesional”,
reconoce.
Lleva consigo una escoba y un
gran recogedor hecho por él mismo de un palo y la base de un tacho de gasolina.
“Para recoger la basura botada por la gente, los sábados en la
noche, se requiere de un recogedor con boca grande”, dice el joven con una
familia de tres que tiene que alimentar. También lleva tres fundas negras
adicionales que servirán para completar su labor.
Con unos guantes verdes de
caucho, Renato escudriña parsimoniosamente los canales de agua del patio de
comidas. Allí encuentra de todo, desde tusas de choclos asados,
papeles y fundas, hasta vidrios. El cuidado es extremo para no cortarse.
Las lámparas del
alumbrado público se apagan, ya son las 06:00, dice el superior del grupo,
quien se apresura, tiene una hora para completar su primera de cuatro jornadas
del día y aún le falta 10 pasadizos. Los vehículos comienzan a circular por San
Juan de Dios y la gente empieza a abrir sus negocios.
Alrededor de las bancas del
patio de bicicletas, los desperdicios se amontonan y hace falta una de sus
fundas negras para depositarlas. Al frente, en cambio, el problema se centra en
los macetones, que no tienen flores. El cree que las colillas de cigarrillos
dispersas y que suman unas 200, las han quemado.
Los trabajadores de
recolección, del centro comercial, llegan al pasadizo de sale a San Juan de
Dios y descargan los desperdicios de los basureros y los llevan fuera para que
el camión recolector se lo lleve. Renato ayuda a la tarea y da la bienvenida a
Lorenzo Sánchez, su compañero de labores. Él se ocupa de los pasadizos de
golosinas y barre alrededor de una del poste donde quedo un poco de los
desperdicios, sin alzar su cabeza.
El carro recolector siempre
está unos metros antes de la esquina con 28 de julio. Esta es una de sus
múltiples técnicas de compactación. Renato también aprisiona una botella con
una mano. La otra, ya está ocupada con el recogedor. Para aprovechar el tiempo,
apilona la basura al borde de la vereda, junto a la pista. Luego la recoge.
En épocas de navidad, fin de
año y fiestas de Cuenca, el joven se levanta más temprano, a las 03:00 o
4:00, porque los clientes consumen y ensucian más. También se duerme
más tarde a las 02:00, hay que esperar que las actividades nocturnas concluyan
para barrer y evitar que la Barraca esté sucia.
El frio cede y el sol de las
6:30 calienta la vereda izquierda de la esquina de calle San Juan de Dios. El
hermano de Renato, Julio Chipa, también trabajador de barrido, conversa
segundos con él y le pide apresurarse. Su hijo Josue, de 10 meses, la espera
para que lo lleve al colegio.

Descanso
En cada pasadizo, Renato se
demora cerca de 10 minutos. Los pasadizos más difíciles están entre la zona de
bicicletas y comida. Su recolector resulta pequeño ante la cantidad de basura
que tiene que recoger.
Ahora debe lidiar con las
cajas que sacan los dueños de los puestos, el incremento visible de gente que
camina. El polvo, que ella misma propicia cuando pasa la escoba por el filo de
las gradas, le obliga a sacar su pañuelo y cubrir su rostro.
Renato termina a las
07:00, en el pasadizo azul. Empuja su carro donde cuelgan, además, tres fundas
de basura llenas, y vuelve a su casa para desayunar junto a sus hijos y
parcialmente ocuparse de los quehaceres de su hogar.
A las 09:00, en fila los
carros recolectores, ya descargados, están estacionados en el depósito de
limpieza del centro comercial en el sótano. El personal llega de a poco a la
segunda jornada.
La todos ellos son varones. Renato
luego de haber llevado a su hijo a estudiar llega con su desayuno que luego de
terminarlo descansara hasta la 18:00 horas que termina la última jornada.
Jhon, de 26 años, en
cambio, acompañará a su supervisor a su recorrido de rutina por unos minutos y
volverá a descansar hasta el medio día que acaba su turno.
En la segunda jornada, Renato
encarga de toda los pasadizos de peluches. Pero antes, se detiene en los
contenedores del patio para descargar su carro.
Le espera un largo
trabajo, que termina en la tarde, en ese mismo centro comercial luego que todos los compradores y
vendedores se hayan ido. El lunes la rutina de las 05:00 inicia
nuevamente, esta vez con más basura por barrer.
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